Hay una delgada línea que separa hablar de algo y no hacerlo
de nada, muchas veces sin hablar de nada se dice mucho y otras hablando mucho
no se dice nada. De este curioso limbo partía gelatina para decir “la palabra
es inmediata pero el gesto es conciso”. Para hablar de pocas cosas se ponía
Gelatina sería, aunque adoraba el discurso dramático, pensaba que siempre tenía
que ser adornado, adornado de locuras y sin razón.
Ella hablaba demasiado, pero la perturbaban los que ella
denominaba “callados”, envidiaba esa
cualidad que difícilmente ella lograría tener. Parecían distraídos,
inteligentes e interesantes, ella imaginaba sus labios sellados, guardando
siempre importantes secretos. Ellos tenían el poder, escuchaban de todos, lo
que de ellos nunca sabremos.
Ese atrayente halo misterioso del silencio la
obsesionaba. Las personas que hablan se vacían mientras ellos se llenan, ¿pero
llenarse tanto sería bueno? ¿Algún día les explotaría el cerebro? ¿Algún día se
excitarían con una conversación? ¿Tal vez en alguna ocasión, intentarían
liberar sus apolilladas lenguas y estas ya no funcionarían? Gelatina planteaba
una última pregunta, si el uso crea el órgano y la inoperancia lo atrofia,
¿estos interesantes callados podrían realizar correctamente sexo oral?

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